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Pulsar, geometrías del Kosmos es una instalación sonora multicanal que propone una reflexión sobre la relación entre el ser humano y la observación del universo. A través del encuentro entre arte, ciencia y tecnología, la obra traduce los fenómenos electromagnéticos emitidos por los púlsares —estrellas de neutrones descubiertas por la astrofísica Jocelyn Bell Burnell— en materia sonora y visual, haciendo perceptible aquello que normalmente permanece más allá de los límites de la percepción humana.

 

La pieza forma parte desde 2024 de la Col·lecció Nacional d’Art de la Generalitat de Catalunya y ha sido presentada en instituciones como el Museu Morera d’Art Modern i Contemporani de Lleida, la Fundació Antoni Tàpies (Barcelona), la Galería ATM (Gijón), la Sala Josep Renau (Valencia) y el Festival MEM (Bilbao). Cada una de estas presentaciones ha ofrecido una nueva configuración espacial de la obra, entendida siempre como una arquitectura de resonancias que hace visible —y corporalmente perceptible— la vibración del cosmos.

 

El punto de partida de Pulsar, geometrías del Kosmos son los púlsares, restos estelares de gran densidad formados tras la muerte de una estrella masiva. Estos objetos cósmicos, del tamaño aproximado de una ciudad pero con una masa varias veces superior a la del Sol, giran sobre su propio eje a velocidades vertiginosas, emitiendo pulsos electromagnéticos desde sus polos. Cada púlsar posee una frecuencia de rotación propia, generando un ritmo cósmico constante, un pulso que atraviesa el espacio interestelar y se proyecta como radiación hacia el universo. Por ello son considerados los faros del universo y son utilizados en astronomia para posicionar las coordenadas del cosmos.

 

En la obra convierto estas emisiones de radio generadas por los pulsos electromagnéticos en materia sensible, trasladando el campo de la astrofísica al ámbito de la experiencia estética. Las ondas electromagnéticas captadas por observatorios astronómicos se transforman en ondas sonoras que, a su vez, son visualizadas mediante la ciencia cimática, una disciplina que estudia las formas generadas por la vibración de un fluido ante determinadas frecuencias. De este modo, la obra convierte los pulsos invisibles del cosmos en geometrías audibles y visibles, un lenguaje de patrones que vincula la escala del universo con la escala humana.

 

La instalación se materializa en un conjunto de ocho altavoces modificados, cada uno de los cuales contiene una cubeta de oscilación con agua destilada. Las ondas sonoras, al resonar en el interior del dispositivo, provocan que la superficie del agua se reorganice en formas geométricas precisas. El uso de la cimática en Pulsar no responde a una búsqueda meramente formal, sino a una poética de la traducción. El sonido se convierte en figura, la vibración en imagen, el dato científico en experiencia estética. Las ondas del universo encuentran un eco terrestre en las ondulaciones del agua, generando una correspondencia simbólica entre micro y macrocosmos. En este cruce, la obra plantea una reflexión sobre la interconexión de todas las escalas de la realidad, desde el cuerpo humano hasta los confines del espacio interestelar.

 

Más allá de la percepción auditiva, Pulsar, involucra el cuerpo del espectador como instrumento sensible. La resonancia generada por los altavoces se expande por la sala, haciendo que el suelo y el aire transmitan la vibración. El público puede escuchar con el cuerpo, percibir la materia sonora en la piel, en el movimiento del aire o en la oscilación del agua. Este carácter inmersivo convierte la instalación en una experiencia fenomenológica en la que la frontera entre sujeto y cosmos se diluye. El espectador no contempla el universo como un objeto distante, sino que participa de su ritmo, entra en sincronía con su pulso. La obra propone así un modo de conocimiento sensorial que no es racional ni instrumental, sino corpóreo, vibracional y meditativo.

 

La luz, el sonido y el agua actúan como mediadores entre mundos: el espacio expositivo se transforma en un observatorio interior, un lugar donde el espectador se sumerge en el flujo de energía que une materia y vacío, presencia y lejanía.​ Pulsar se sitúa en el territorio de la interdisciplinariedad radical, donde las metodologías científicas son reconfiguradas como lenguaje artístico. No se trata de ilustrar un fenómeno físico, sino de repensar la relación entre conocimiento y experiencia, entre medición y percepción.

 

En el corazón conceptual de la obra late una idea esencial: la del cosmos como organismo resonante, cuya estructura refleja la del propio cuerpo humano. Las ondas electromagnéticas que atraviesan el espacio encuentran su correlato en los ritmos internos del ser vivo: el latido, la respiración, la vibración celular. En este paralelismo, Pulsar propone un modelo de correspondencia entre lo astronómico y lo biológico, entre el orden cósmico y el pulso vital. Esta visión resuena con las tradiciones filosóficas que han concebido el universo como una totalidad armónica —desde el pitagorismo y la “música de las esferas” hasta las cosmologías contemporáneas de la física cuántica—, donde el sonido y la vibración son las formas primarias de existencia. La obra recupera esa intuición ancestral y la actualiza en clave tecnológica, mostrando que el arte puede seguir siendo un puente entre la contemplación científica y la experiencia espiritual.

           "La expansión del Universo es un tema que hace décadas inquietaba Alvy durante su infancia, el protagonista de la célebre película Annie Hall de Woody Allen. Esta expansión, que también es el origen de un Universo que trae inscrito la historia del cosmos, es uno de los grandes temas de la astrofísica. De hecho, en nuestra relación con aquello que concierne el Universo, parece que la ciencia sea la única herramienta de aproximación válida para un espacio que, a carencia de fronteras precisas, es el único territorio delimitado por una temporalidad holística. Y por la hegemonía del discurso científico como único relato posible a la hora de producir conocimiento en torno a aquello desconocido.​Este Universo que se expande es también un Universo que suena. Si bien durante años fue considerado un lugar silencioso debido al impedimento para la transmisión de las olas sonoras debido al vacío, actualmente la dimensión acústica del Universo es un hecho y una conjetura. Es más, hay casos particulares en que el sonido saca protagonismo a la imagen a la hora de conocer empíricamente algunos cuerpos del Universo. Los agujeros negros son un ejemplo paradigmático, puesto que solo pueden ser percibidos gracias a un radiotelescopio. En relación con esta hegemonía de la imagen dentro de nuestra cultura, el 1968 surge la cimática, cuando Hans Jenny le otorga un nombre a la representación de las olas de sonido sobre la materia. Fuera del ámbito estrictamente científico o de la cultura occidental, esta actitud representacional ya existía antes de la misma cimàtica. Desde Leonardo da Vinci hasta los mandalas asiáticos, la voluntad de visualizar una cosa tan efímera y abstracta cómo es el sonido tendría que esperar al desarrollo tecnológico para conseguir una traducción visual científica. Y, consiguientemente, concederle legitimidad.​Si bien numerosas prácticas artísticas contemporáneas se han dedicado a desmontar el mito de la objetividad científica, también es cierto que otras muchas han optado para prolongar la fascinación que rodea el discurso científico. Generalmente, priorizando una actitud estética en torno a la tecnología. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con Geometrías del cosmos, Ferran Lega colocaría el arte en relación con la ciencia en una posición intermedia. Asumiendo las tesis del discurso científico a partir de la cimàtica, esta instalación propone una interpretación estética en que el arte no aparece simplemente como contexto de acogida. Geometrías del cosmos es un ensayo para una interpretación visual del sonido alejada de la centralidad de la imagen. Una representación que no repite parámetros bidimensionales, sino que construye un dispositivo especial acústico en que el Universo, igual que el cubo blanco, rechaza el estigma del silencio que pesa sobre él.​Geometrías del cosmos es, además, un proyecto que demuestra la efectividad investigadora desde el campo del arte. Parte de la tesis doctoral del mismo Lega, que, como el científico, es capaz de desarrollar un trabajo teórico consistente vinculado al régimen de conocimiento académico. Ahora bien, a diferencia del científico, el artista se puede permitir ir más allá y tantear una nueva arquitectura para el conocimiento desde la experiencia estética. En este caso, la conversión de la sala de exposiciones en un auditorio de púlsares intermitentes". 


Sonia Fernandez Pan. Catálogo: Fuga variaciones sobre una exposición (2014).

 

 

 

Pulsar, Geometries of the Kosmos (2013–2024)

Pulsar, Geometries of the Kosmos is a multichannel sound installation that reflects upon the relationship between human beings and the observation of the universe. Through the intersection of art, science, and technology, the work translates the electromagnetic phenomena emitted by pulsars—neutron stars first identified by astrophysicist Jocelyn Bell Burnell—into sonic and visual matter, making perceptible what normally exists beyond the limits of human perception.

Since 2024, the work has been part of the National Art Collection of the Government of Catalonia (Col·lecció Nacional d'Art de la Generalitat de Catalunya). It has been presented at institutions including the Museu Morera d'Art Modern i Contemporani de Lleida, Fundació Antoni Tàpies (Barcelona), ATM Gallery (Gijón), Sala Josep Renau (Valencia), and the MEM Festival (Bilbao). Each presentation has generated a new spatial configuration of the installation, conceived as an architecture of resonances that renders the vibration of the cosmos visible—and physically perceptible.

The starting point of Pulsar, Geometries of the Kosmos lies in pulsars: highly dense stellar remnants formed after the death of massive stars. These cosmic objects, roughly the size of a city yet possessing a mass several times greater than that of the Sun, rotate on their axes at extraordinary speeds, emitting electromagnetic pulses from their magnetic poles. Each pulsar has its own rotational frequency, generating a constant cosmic rhythm—a pulse that traverses interstellar space as electromagnetic radiation. For this reason, pulsars are often described as the lighthouses of the universe and are used in astronomy as reference points for locating coordinates within the cosmos.

In this work, the radio emissions generated by these electromagnetic pulses are transformed into sensory material, transferring a phenomenon from the field of astrophysics into the realm of aesthetic experience. Electromagnetic waves recorded by astronomical observatories are converted into sound waves, which are subsequently visualized through cymatics, the scientific study of the patterns produced in fluids and matter when exposed to specific frequencies and vibrations. Through this process, invisible cosmic pulses become audible and visible geometries—a language of patterns that connects the scale of the universe with the scale of the human body.

The installation materializes as a constellation of eight modified loudspeakers, each containing an oscillation vessel filled with distilled water. As sound waves resonate within the system, the surface of the water reorganizes itself into precise geometric formations. The use of cymatics in Pulsar is not driven merely by formal concerns but by a poetics of translation. Sound becomes image, vibration becomes form, and scientific data becomes aesthetic experience. The waves of the universe find a terrestrial echo in the movement of water, establishing a symbolic correspondence between microcosm and macrocosm. Within this encounter, the work proposes a reflection on the interconnectedness of all scales of reality, from the human body to the furthest reaches of interstellar space.

Beyond auditory perception, Pulsar engages the viewer’s body as a sensitive instrument. The resonance generated by the loudspeakers expands throughout the exhibition space, causing both air and floor to transmit vibration. Visitors are invited to listen with their bodies, perceiving sound as a material presence through the skin, the movement of air, and the oscillation of water. This immersive quality transforms the installation into a phenomenological experience in which the boundary between subject and cosmos begins to dissolve. The spectator no longer contemplates the universe as a distant object but enters into synchrony with its rhythm and pulse. The work thus proposes a mode of sensory knowledge that is not rational or instrumental, but corporeal, vibrational, and contemplative.

Light, sound, and water operate as mediators between worlds. The exhibition space becomes an interior observatory, a place where the viewer is immersed in the flow of energy connecting matter and void, presence and distance. Pulsar occupies a territory of radical interdisciplinarity, where scientific methodologies are reconfigured as artistic language. The work does not seek to illustrate a physical phenomenon; rather, it reconsiders the relationship between knowledge and experience, between measurement and perception.

At the conceptual core of the installation lies an essential idea: the cosmos as a resonant organism whose structure mirrors that of the human body. The electromagnetic waves traversing space find their counterpart in the internal rhythms of living beings—the heartbeat, respiration, and cellular vibration. Through this parallelism, Pulsar proposes a correspondence between the astronomical and the biological, between cosmic order and vital pulse.

This vision resonates with philosophical traditions that have conceived the universe as a harmonious whole—from Pythagorean thought and the notion of the “music of the spheres” to contemporary cosmological and quantum theories in which vibration is understood as a fundamental principle of existence. The work revisits this ancient intuition through contemporary technological means, suggesting that art can still function as a bridge between scientific contemplation and spiritual experience.

Pulsar, Geometrias del kosmos (2024-2013)

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